Era un pistilo de diente de león; cuando el viento agitaba furioso, ella navegaba entre sus caprichosas corrientes, suave y delicada sin siquiera inmutarse. En la suave brisa de primavera, flotaba inerte, por los invisibles flujos como un loto que domina la charca lodosa. Era tan libre que nada la ataba, ni el padre, ni la norma. La naturaleza le servía sabedora de la inconmensurable competencia de su brillo. Así la conocí, libre, segura e impasible. Me enamoré una noche que se posó en mi mano y aunque el alma me pesaba juré una devoción eterna por aquella conflagración que me había asaltado. Los días transcurrieron y me fui habituando a sus mañas y costumbres; encontré reconfortante su sonrisa y la atención tan profunda de sus ojos. Era indescriptible, escuchaba tan audaz cada palabra con la agudeza de una empatía infinita siempre atinaba a las respuestas y a esa frase que reconforta no solo a la mente, sino al alma. Tantos momentos que construimos con la visión de la esperanza, la cl...